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Quiero compartir con todos los lectores, estas pastillitas, que mi hermano mayor me regala casi todas las mañanas. Reúnen las cualidades de ser profundas pero sencillas , de rápida lectura y de acción prolongada en sus beneficios , gracias Germán .

domingo, 16 de junio de 2013

LAS MANOS DEL ABUELO

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en el banco del patio, no se movía: solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado, y entre más tiempo pasaba, me pregunté si realmente estaba bien. Finalmente, no queriendo estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía. Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz. “No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.
El abuelo me preguntó: “¿Te has mirado alguna vez tus manos?; quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?” Solté mis manos de las de mi abuelo, las abrí y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.
No, creo que realmente nunca las había observado. El abuelo sonrió y me contó esta historia: “Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido a través de los años.
Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado siempre para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.
Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a juntarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas.
Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi hijo recién nacido.
Adornadas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien muy especial. Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa, y cuando caminé hacia el altar con mi hija en su boda.
Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello, lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen uniendo para orar.
Estas manos son la marca de dónde he estado y de la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas cuando me lleve a Su presencia”. Desde entonces, nunca he podido ver mis manos de la misma manera… Y aún recuerdo cuando Dios estiró las suyas y tomó las de mi abuelo y lo llevó ante su presencia.
Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo… es cierto que nuestras manos son una bendición. Hoy me pregunto… ¿qué estoy haciendo con mis manos? ¿Las estaré usando para abrazar y expresar cariño o las estaré esgrimiendo para expresar ira y rechazo hacia los demás?.
(autor desconocido)

Tomado de: UnMensajeParaTi.com.ar

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